El Mundial de infancia
El fútbol no es solo estadísticas: es el portal que abre el baúl de los recuerdos y nos devuelve a la magia de ser niños.

El Mundial no es solo un torneo. Es una máquina del tiempo que nos devuelve a la infancia. Angel Antonio Herrera lo sabe: en su columna, el periodista contrasta la frialdad tecnológica de 2026 con la emoción cruda de España '82, cuando el fútbol era pura magia y no había VAR que la arruinara.
Herrera recuerda cómo, en 1982, el balón rodaba sin estadísticas en tiempo real ni repeticiones en 4K. Era un juego de barrio, de tardes interminables bajo el sol, de goles que se celebraban con saltos y gritos que ahogaban el silencio de los patios. Naranjito, la mascota de aquel Mundial, no era un algoritmo; era un símbolo de una España que soñaba en voz alta.
Treinta años después, el fútbol se mide en datos, en porcentajes de posesión y en modelos predictivos. Pero Herrera insiste: el verdadero poder del deporte no está en las tácticas ni en los números, sino en su capacidad para despertar recuerdos. El Mundial, dice, no es solo un evento deportivo; es un ritual colectivo que nos permite revivir la inocencia perdida.














